Era un día festivo, de esos que acudimos a trabajar voluntaria y alegremente, jeje, semana santa para más información. Son días típicos en los que suele aparecer algún cliente peculiar.

En este caso se trata de una abuela y dos nietos en edad de primeros cursos de primaria.

Me paga unos libros y nada más devolverle el cambio y pasar al siguiente cliente, la señora comienza a protestar en voz alta:

¡La rodillera!

¿Dónde está la rodillera?

No veo la rodillera.

Han visto la rodillera.

-¿Qué es lo que ha pasado? -le pregunto.

-He dejado aquí, encima del mostrador, la bolsa con la rodillera que acabo de comprar a mi nieto. Y me la han robado.

¡Es increíble!

Veo a mi alrededor, en el suelo, por todas partes, me fijo en las bolsas de los clientes que estaban cerca, por si alguno la cogió del mostrador equivocadamente.

¡Pero que sitio es este!

¡Voy a dar una queja!

No consigo ver nada que me de alguna pista sobre la maldita rodillera.

De repente se hizo el silencio y veo a la señora caminando rápido por el pasillo, con un nieto agarrado en cada mano, ella llevaba la bolsa con los libros, el niño también portaba una bolsa.

Se fueron sin decir ni mu.

Un cliente me dijo que tenía la bolsa el niño apoyada en una de las mesas de novedades.

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